La IA no ha roto tus actividades. Las ha desenmascarado.
Serie de verano · IA para septiembre

La IA no ha roto nuestras actividades. En muchos casos, simplemente ha dejado al descubierto aquello que ya no estaba produciendo el aprendizaje que creíamos.

Cada final de curso deja una sensación parecida

Hay cosas que han funcionado, otras que han salido a medias y algunas que, vistas con un poco de distancia, quizá ya no tienen demasiado sentido. Durante el año apenas hay tiempo para detenerse. Una actividad termina, llega la siguiente, se corrige, se evalúa, se ajusta sobre la marcha y seguimos avanzando.

En verano, en cambio, aparece una posibilidad distinta: mirar con calma una de esas actividades y preguntarse qué estaba ocurriendo realmente en ella.

No toda la programación. No todas las unidades. No todos los materiales. Una sola actividad.

No parece una gran transformación. Y quizá por eso pueda ser una de las pocas que de verdad lleguen al aula.

Antes de proteger la tarea

La inteligencia artificial ha provocado en muchos docentes una reacción comprensible: la necesidad de revisarlo todo. De repente, tareas que llevábamos años utilizando han quedado bajo sospecha. Redacciones, trabajos de investigación, presentaciones, comentarios de texto, ejercicios de síntesis o actividades de reflexión pueden completarse hoy con una ayuda externa difícil de detectar y, en algunos casos, con una intervención mínima del alumno.

La primera tentación es proteger la tarea: añadir condiciones, limitar herramientas, pedir declaraciones de uso, cambiar el formato, hacerla presencial, introducir una defensa oral o buscar alguna forma de comprobar que el trabajo sigue siendo del alumno.

Todo eso puede ser necesario. Pero quizá el verano nos permita hacer una pregunta anterior y más incómoda:

¿Merece realmente la pena proteger esta actividad tal como está diseñada?

No siempre. A veces la aparición de la IA no destruye una buena tarea. Simplemente deja al descubierto que el aprendizaje que pretendíamos generar nunca estuvo del todo garantizado. El alumno podía completarla siguiendo una plantilla, imitando un modelo, reuniendo información o produciendo un resultado formalmente correcto sin haber comprendido demasiado. La IA no crea ese problema. Lo acelera, lo amplifica y lo hace más evidente.

Empezar por una actividad representativa

Si tuviera que elegir una única actividad para rediseñar antes de septiembre, no empezaría necesariamente por la más importante del curso. Empezaría por una que fuera representativa: una tarea que repito, que conozco bien y que resume una parte de mi manera de enseñar. Precisamente por eso tendría sentido mirarla con más atención.

¿Qué quiero que aprenda realmente el alumno con esta actividad?

No qué quiero que entregue. No qué formato debe respetar. No qué apartados debe completar. No qué nota puede obtener. Qué quiero que aprenda.

Una tarea puede pedir un ensayo, pero el aprendizaje perseguido quizá sea seleccionar argumentos, organizar una posición y justificarla. Puede pedir una presentación, cuando en realidad buscamos que el alumno comprenda, sintetice y comunique. Puede pedir una investigación, aunque lo importante sea formular una buena pregunta, distinguir fuentes fiables o relacionar información dispersa.

Cuando separamos el aprendizaje del producto, el rediseño empieza a ser más claro. También más difícil, porque obliga a reconocer que el formato que llevábamos años utilizando quizá no era tan importante como parecía.

El núcleo que no puede delegarse

¿Qué parte del trabajo necesita seguir siendo necesariamente del alumno?

No toda ayuda externa destruye el aprendizaje. Aprender siempre ha implicado recibir ayuda: del profesor, de un compañero, de un libro, de un ejemplo, de una corrección o de una conversación. La cuestión no está en eliminar la ayuda, sino en decidir qué decisiones no pueden delegarse sin que la actividad pierda su sentido.

Quizá el alumno pueda pedir a la IA que le explique un concepto de otra manera, pero no que elija por él la tesis que va a defender. Quizá pueda utilizarla para detectar una incoherencia, pero no para reconstruir por completo el razonamiento. Quizá pueda solicitar ejemplos, comparar alternativas o recibir una pista, pero tenga que seguir siendo él quien seleccione, descarte, justifique y revise.

El rediseño no consiste en convertir toda la actividad en un terreno libre de IA. Consiste en identificar con precisión qué núcleo cognitivo queremos preservar. En unas tareas estará en la planificación; en otras, en la interpretación, la argumentación, la creatividad, la revisión o la transferencia a una situación nueva.

Cuándo y para qué puede intervenir la IA

¿En qué momento puede intervenir la IA y para qué?

No basta con decidir si se permite o no. Es mucho más útil pensar en qué fase puede aportar valor. Puede intervenir al principio, ayudando al alumno a activar conocimientos previos, identificar lo que no entiende o formular preguntas. Puede hacerlo durante el proceso, ofreciendo pistas graduadas, pidiendo justificaciones, señalando contradicciones o proponiendo un punto de vista que obligue a revisar una idea. Puede aparecer al final como herramienta de contraste, revisión o metacognición.

El mismo uso puede ser valioso o problemático según el momento. Una explicación completa antes de que el alumno haya intentado resolver una dificultad puede sustituir el esfuerzo necesario. Esa misma explicación, después de un primer intento, puede ayudar a comprender el error. Pensar el momento de la ayuda es tan importante como pensar su contenido.

Diseñar también lo que la IA no debe hacer

Este punto suele quedar fuera del diseño. Nos concentramos en las posibilidades de la herramienta, pero una actividad bien pensada necesita límites. No basta con decirle a la IA que ayude. Hay que definir qué formas de ayuda no son compatibles con el aprendizaje que buscamos.

  • No redactar el producto final.
  • No tomar decisiones que correspondan al alumno.
  • No resolver de golpe una dificultad que puede abordarse con una pista.
  • No sustituir una interpretación personal por otra más elaborada.
  • No corregir sin exigir revisión.
  • No convertir la actividad en una secuencia de respuestas aceptadas pasivamente.

Los límites no se añaden después para controlar el uso. Forman parte del propio diseño pedagógico.

Hacer visible una parte del proceso

¿Qué quiero poder observar durante la actividad?

Tradicionalmente, muchas tareas han sido cajas negras. El profesor plantea el trabajo y, unos días después, recibe el resultado. Entre ambos momentos han ocurrido decisiones, dudas, bloqueos, intentos, búsquedas, ayudas y revisiones que apenas podemos reconstruir.

La IA puede hacer esa opacidad todavía mayor si solo vemos un producto muy pulido. Pero también puede ayudarnos a reducirla si la actividad está diseñada para que el proceso deje rastro.

No se trata de vigilar cada interacción ni de convertir el aprendizaje en una sucesión interminable de evidencias. Se trata de seleccionar algunos momentos: una primera idea, una justificación, una decisión descartada, un cambio importante después del feedback, una explicación del error o una comparación entre la primera y la última versión.

Esas evidencias obligan al alumno a detenerse, explicar y tomar conciencia del proceso. Y ofrecen al profesor una información mucho más rica que la que proporciona el producto final por sí solo.

La actividad no debería terminar con la entrega

¿Qué ocurrirá después de la entrega?

Muchas actividades terminan demasiado pronto. El alumno entrega, el profesor corrige, se asigna una calificación y el curso continúa. El producto final funciona como cierre, cuando podría convertirse en un punto de partida para una conversación más valiosa.

Quizá después sea necesario pedir al alumno que defienda una decisión, explique un cambio, reconstruya un error o aplique lo aprendido en una situación nueva. No como mecanismo policial para comprobar si ha utilizado IA, sino como parte natural de la actividad.

Una buena tarea no debería limitarse a producir algo. Debería permitir que el alumno comprenda qué ha hecho, qué ha aprendido y qué podría transferir a un contexto diferente. Ese momento posterior devuelve al profesor un papel que ninguna herramienta debería ocupar: interpretar el aprendizaje, dialogar con el alumno y decidir qué necesita después.

Elegir sin recargar

Rediseñar una actividad no significa añadirle capas hasta volverla inmanejable. Si cada tarea incorpora registros, defensas, rúbricas, reflexiones, verificaciones y múltiples entregas, terminaremos creando una carga imposible para el alumno y para el docente.

El reto está en elegir: una o dos decisiones que merezca la pena hacer visibles; un uso de la IA que realmente aporte valor; un límite que proteja el núcleo del aprendizaje; una evidencia que ayude a comprender el proceso; una conversación posterior que permita cerrar mejor la experiencia.

No hace falta más para que una actividad empiece a funcionar de otra manera. Tampoco podemos anticipar todos los usos de la IA ni todas las respuestas de los alumnos. Habrá que observar, ajustar y aprender de lo que ocurra.

Una tarea cuyo aprendizaje no dependa de que el alumno no encuentre un atajo

Durante mucho tiempo hemos tratado las actividades como productos acabados. Una vez diseñadas, se repetían cada curso con pequeñas modificaciones. La presencia de la IA obliga a verlas como estructuras que necesitan revisión continua porque cambian las condiciones en las que los alumnos trabajan, buscan información, reciben ayuda y construyen sus respuestas.

El objetivo no debería ser crear una tarea invulnerable. Probablemente no exista. Debería ser crear una tarea cuyo aprendizaje no dependa únicamente de que el alumno no encuentre un atajo.

Una actividad mejor diseñada no es la que hace imposible usar IA. Es la que consigue que, incluso utilizándola, el alumno tenga que seguir pensando, decidiendo, justificando y haciéndose responsable del resultado.

En septiembre habrá muchas cosas que preparar. Pensar en rediseñar todo el curso sería poco realista y, probablemente, poco útil. Pero elegir una actividad sí parece posible: una que ya conocemos, que hacemos todos los años, que nunca termina de funcionar como nos gustaría o que hemos mantenido más por costumbre que por convicción.

Podemos dejarla en remojo durante el verano. Preguntarnos qué aprendizaje persigue, qué parte debe seguir siendo del alumno, dónde puede intervenir la IA, qué límites necesita, qué proceso queremos observar y qué haremos después con el resultado.

Quizá septiembre no necesite que lleguemos con veinte herramientas nuevas ni con todas las respuestas cerradas. Quizá baste con volver al aula con una sola actividad mejor pensada.

Ver la serie completaLlevar esta reflexión a mi centro